Tesoros de mármol, lienzo y arcilla, piezas valiosas para
los museos y personas quienes las poseen, estructuras tan antiguas que pueden
catalogarse como maravillas del mundo, pero hechas por unos pocos de ahí proviene
una de las cosas por las cuales son costosas, porque no todos están llamados a
ser artistas en el sentido específico de la palabra. Sin embargo, según la
expresión del Génesis, a cada hombre se le confía la tarea de ser artífice de
la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra
maestra.
Pero es admirable como aun en la actualidad podemos apreciar
las grandes obras de la antigüedad. Obras que fueron construidas por manos artesanas
con poco conocimiento y con una escases de materia prima para construir, entre
las más antiguas se podrían mencionarse diversidad de ellas pero admiraremos las más importantes
para imperio Persa.
Mausoleo de
Halicarnaso.
En el 623 a. C., Halicarnaso fue la capital de un pequeño
reino en la costa del Asia menor. En el 377 a. C. el gobernante de la región,
Hecatomno de Milasa, falleció y dejó el control del reino a su hijo, Mausolo.
Hecatomno, un sátrapa bajo los persas, tomó el control de algunas de las
ciudades y distritos vecinos. Tras Artemisia y Mausolo, tuvo otros hijos: Ada,
Hidrieo y Pixodaro. Mausolo extendió su territorio hasta la costa sudoeste de
Anatolia. Artemisia y Mausolo gobernaron Halicarnaso y el territorio que lo
rodeaba por veinticuatro años. Aunque Mausolo descendió por nativos de allí,
habló griego y admiraba el estilo de vida y de gobierno griegos. Fundó muchas
ciudades de diseño griego a lo largo de toda la costa y alentó las tradiciones
democráticas griegas.
El mausoleo, en un grabado coloreado a mano diseñado por
Martin van Heemskerck (siglo XVI).
Soportó las invasiones y destrucción de la ciudad por parte
de Alejandro Magno, los bárbaros y los árabes, pero, finalmente, fue destruido
por un terremoto en el año 1404.
En 1522 los Caballeros de San Juan utilizaron los restos
para la reparación del castillo de San Pedro de Halicarnaso. Durante esta
época, se encontraron una serie de túneles, debajo de la construcción, que llevaban
a los sarcófagos de los difuntos reyes. La tumba fue saqueada por ladrones y
por eso hoy ya no quedan restos de ella.
Los arqueros de Susa
El Friso de los arqueros adornaba el famoso palacio mandado
construir por orden de Darío I (522-486 a.C), que trasladó la residencia real y
la administración del Imperio, desde Pasargada hasta Susa, la nueva sede.
Los arqueros reales conformaban el cuerpo más poderoso del
ejército persa, que se integraba con diez mil soldados. Equipados de arcos,
flechas y lanzas, hasta finales del Imperio constituyeron el núcleo mejor
entrenado de todo el potencial bélico aqueménida. Este temible grupo de
soldados componentes de la guardia real eran también llamados los "Inmortales",
porque las bajas que se producían en las batallas eran inmediatamente cubiertas
por otros hombres de gran valía, preparados y adiestrados para tal propósito.
En el Friso de Susa se les representa en hileras que se
aproximan al metro y medio de altitud. Ricamente ataviados, portan sobre el
hombro el armamento con el que eran conocidos, el arco y el carcaj, mientras
que con sus dos manos presentan las altas lanzas en gesto de saludo.
Naqsh-e Rostam
Cuatro tumbas pertenecientes a reyes aqueménidas están
talladas en la pared de roca. Están a considerable altura por encima del
terreno.
Las tumbas se conocen localmente como las "cruces
persas" por la forma de las fachadas de las tumbas. El lugar es conocido
como salīb en árabe, quizás una corrupción de la palabra persa chalīpā, "cruz".
La entrada a cada tumba es el centro de cada cruz, que se abre a una pequeña
cámara, donde el rey yace en un sarcófago. La viga horizontal de cada una de
las fachadas de la tumba se cree que es una réplica de la entrada del palacio
en Persépolis.
Una de las tumbas está explícitamente identificada por una
inscripción que la acompaña como la tumba de Darío I (r. 522-486 a. C.). Las
otras tres tumbas se cree que son las de Jerjes I (r. 486-465 a. C.),
Artajerjes I (r. 465-424 a. C.) y Darío II (r. 423-404 a. C.) respectivamente.
Una quinta tumba, inacabada, pudo haber sido la de Artajerjes III, quien reinó
como mucho dos años, pero más probablemente sea la de Darío III (r. 336-330 a.
C.), el último de los reyes aqueménidas.
Sin lugar a dudas edificaciones y pinturas magistrales que
hasta la fecha podemos conocer y que a lo largo de la vida lograron en nosotros
difundir su mensaje.
Mensaje el cual ponemos en práctica con nuestros seres más apreciados
que por circunstancia de la vida han dejado un recuerdo en las entrañas de la
familia, el cual lo hemos plasmado en
una imagen actualmente por medio de las fotografías
o los grandes mausoleos que construimos en honor a ellos, así como lo hicieron
los persas en aquellos tiempos de conmemorar y rendir honor a la valentía de
los seres caídos.
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